“La luz que nunca se apaga”, así se referían sus compañeros de hospital al laboratorio donde trabajaba el Dr. Edward Bach. Médico experimentado, formado en la más estricta disciplina académica en Inglaterra, buscaba desde sus comienzos una medicina que no causara daño ni sufrimientos, y que realmente lograra la curación descubriendo la más profunda raíz de lo que llamamos enfermedad. Tras años de lucha e investigación, cerró su exitoso consultorio, abandonó una lucrativa carrera como médico y catedrático de renombre, y se internó en la campiña de su Gales natal. Allí fue hallando, guiado por su gran sensibilidad y conocimiento de la naturaleza, las energías que operan desde lo puro y simple, el poder curativo de las flores que integrarían su sistema terapéutico.
Se trata de esencias de flores y árboles extraídas mediante procedimientos naturales. Según Bach, son flores de un nivel vibratorio más elevado que las plantas que tradicionalmente se usan en fitoterapia por sus cualidades bioquímicas. Su efecto consiste en equilibrar las emociones y la mente, eliminando tensiones, miedos y preocupaciones innecesarias, para así contribuir a la salud de la psiquis y el cuerpo. Decía de estos remedios que “curan, no porque ataquen a la enfermedad, sino porque inundan nuestros cuerpos con las bellas vibraciones de nuestra Naturaleza Superior en cuya presencia la enfermedad se disuelve como la nieve bajo la luz del sol”.
Son medicamentos inocuos, no crean dependencia y no tienen contraindicación alguna. Pueden tomarse al mismo tiempo que cualquier otra medicación, homeopática y alopática. Son un excelente complemento para sistemas de sanación como la acupuntura, que también actúa sobre el nivel energético.
El diagnóstico y la elección de las flores adecuadas a cada caso se realiza sobre la base de lo que el paciente manifiesta acerca de sus estados de ánimo, temores, aspiraciones, y en general su problemática tal como la percibe en el momento de la consulta.
Veamos a grandes rasgos el fundamento filosófico de su medicina. Para el Dr. Bach la enfermedad tiene su origen en el plano energético, regido por las emociones y el pensamiento. Nuestra alma viene a esta vida parta adquirir experiencia y expresarse. Cuando la personalidad externa permite esta expresión, cuando en armonía con los mandatos y necesidades de nuestra alma o ser interior, vive y realiza la misión y el aprendizaje necesarios, estamos sanos. Si la personalidad interfiere, se opone, o permite que alguien interfiera en esta tarea, nos enfermamos. También desde este plano ético se desencadena a veces la enfermedad, cuando interferimos en las vida de otro y le causamos daño, o no le permitimos ser. Este sistema terapéutico apunta entonces a que uno tome conciencia del error que está cometiendo y origina el desequilibrio. Ayudado por el diálogo esclarecedor con el terapeuta, y las esencias florales que actúan sobre su mente y emociones, uno puede recuperar la armonía entre el alma y la personalidad. Vuelven así la salud y la alegría.
En este marco de referencia, la enfermedad tendría muchas veces una finalidad redentora. Nos llama la atención para que enmendemos nuestras fallas, que están trabando de alguna manera el despliegue de nuestra individualidad en esta vida, con el cuerpo material como laboratorio de expermentación y vehículo transitorio. No ponemos el acento entonces en sus causas materiales (bacterias, virus, traumatismos…) ni en la descripción y clasificación de los síntomas, sino en aquellas actitudes o emociones que nos vuelven vulnerables a la acción de elementos o fuerzas hostiles. La mirada al futuro que recomendaba Bach nos estimula a preguntar en cada caso para qué nos enfermamos. El paciente no es considerado “un caso” de “tal órgano enfermo”, sino un ser buscando la integración de sus tres aspectos: alma, personalidad y cuerpo material. Y todo esto, que constituye su individualidad en evolución, apunta a estar en armonía con el Ser Mayor, la Gran Unidad de la cual todos formamos parte. Apunta para dar en el blanco, permanentemente móvil blanco de la vida sana, en paz y alegría.
Vemos entonces que la salud y la enfermedad son aspectos de la evolución del ser humano. El individuo en desarrollo y la humanidad. No nos podemos sanar solos. La sabiduría del Padre inscribió en nuestro ser profundo “Ama a tu prójimo como a tí mismo”, y la conocida Regla de Oro mencionada por Jesucristo “Así como quieres que los hombres hagan contigo, haz tú con ellos”. El aprendizaje y la curación se realizan en comunidad. Nadie está sano si es indiferente al sufrimiento de otro. La salud es una bendición en movimiento que se acrecienta al compartirla.
Ahora bien, la salud, en este sentido integral, es un bien que debe ser buscado por cada uno. Deseado, buscado y desarrollado libremente por el individuo, desde lo más íntimo. El libre albedrío es insoslayable: nada ni nadie puede interponerse entre el alma y la personalidad en este proyecto de aprendizaje y crecimiento, cuyo escenario de manifestación sería el cuerpo físico y la comunidad en que se expresa.
Según los libros de sabiduría de diferentes culturas, esta posibilidad de libre elección daría cuenta de lo que llamamos “el mal”. No para juzgar sino para intentar comprender lo que a veces nos golpea con terrible fuerza y no podemos sino hacernos cargo, para esforzarnos en utilizarlo evolutivamente en lo que fuera posible a cada uno, según el lugar donde nos movamos, o al menos en nuestra propia vida. Hay responsabilidades individuales y colectivas, y nada con lo que tropecemos en esta vida es casual. “Dios no juega a los dados” diría alguien respecto a la naturaleza, quizás mucho menos haya casualidades en el mundo espiritual. Para Bach esta vida actual de cada uno no es más que un paso en un largo aprendizaje, “un día de colegio”. A través de sucesivas encarnaciones el ser se va desarrollando, corrigiendo errores, hasta participar plenamente del Amor consciente para el cual fue creado. Cuando transitamos este proceso nadie, ni el Creador, puede forzarnos a crecer y ayudar a crecer a otros. Esto tiene que ser elegido, buscado, la mayoría de las veces un poco a ciegas, ya que lo que llamamos nuestra conciencia es sólo una ínfima parte de nuestro ser total. En este proceso también puede ayudarnos lo que llamamos “enfermedad” o “mal”: cuántos casos hay de cambios radicales de forma de sentir y actuar a partir de una enfermedad o crisis grave. Y la recuperación de la salud, o aún la liberadora muerte en su momento, puede significar que hemos comprendido y superado la prueba.
Todo es energía, todo es vibración. Esta afirmación puede parecer chocante para esquemas mentales que han quedado detenidos en una cosmovisión legada por el positivismo materialista. Para la nueva imagen de la naturaleza que se ha ido delineando después de Einstein, puede no resultar sólo “espiritual” o “místico” afirmar que las elevadas vibraciones de ciertas flores pueden curar nuestra mente y nuestro cuerpo.
En la naturaleza, para Bach, todo es simple, y comprendiendo y respetando esta simple belleza es como aprendemos a vivir y a sanar. Así nos dice: “No deje que la simplicidad de este método le impida utilizarlo, porque descubrirá que mientras más avancen sus investigaciones, más evidente se hará para usted la simplicidad de toda la creación”.