Habíamos discutido fuerte con María. Que si esto es mío o tuyo, que si lo justo y lo injusto, el derecho a disponer de lo propio, o de lo ajeno. En fin, esas cuestiones que provocan rupturas familiares, fin de amistades, guerras entre pueblos.

Por dos días no nos vimos, más que suficientes para enfriar cualquier enojo entre nosotras, ya que el cariño siempre prevalecía. Aunque esta vez fue duro el encontronazo. A veces hay “terceros en discordia” que añaden leña al fuego, presionan hábilmente sobre viejas heridas, y así buscan obtener una porción más de amor que la disponible para ellos en ese momento. El primitivo “dividir para reinar”, porque de lo que se trata quizás no es de competencia por el amor sino rivalidad por ejercer poder. Amor y poder, cuánta confusión y engaño detrás de esta pareja. Autoengaño, que es el más dañino por lo escondido. Mientras ordenaba la casa reflexionaba sobre todo esto.

Sentí durante todo el día la fuerte tentación de correr al teléfono y llamar a María, intercambiar perdones y borrar palabras mal expresadas. Las palabras, qué poderosa fuente de paz y alegría, o de profundo dolor cuando uno quisiera no haberlas dicho, o no haberlas oído. Pero nada serían las palabras sin la apasionada presión que las empuja a estallar, explotar, dañar…Bueno, también derribar barreras, cuando hay auténtica profundidad en la emoción expresada.

Sonó el teléfono y corrí. “Es María, más valiente y amorosa que yo, qué vergüenza…” Pero no, era Estela, habían quedado en encontrarse y María no llegaba, pensó que quizás se había demorado en casa, o yo sabía algo…Me paralizó un presentimiento. Al rato, el timbre de entrada. Corrí a abrir: Estela, pálida y desencajada, diciéndome “partió al cielo”, una ambulancia la había atropellado al cruzar el camino, murió instantáneamente. Cuando sentía desvanecerme, sin poder reaccionar al golpe, sonó el despertador. Una sirena de ambulancia se escuchaba en el vecindario.

Volé al teléfono a despertar a María, atropellando todo a mi paso, y allí estaba!!!. La sombra de la muerte me había lavado el alma, alumbrándolo todo en su justa dimensión.