Hay muchas maneras de concebir y asumir la enfermedad. En este momento, aquí y ahora, bombardeados como estamos los argentinos de propagandas de desinfectantes, medicamentos y consejos preventivos, me nació la frase que titula esta nota . Naturalmente, no nació de la nada. Mi alma, mi mente y mi corazón han recibido y aceptado innumerables semillas, germinadas en opiniones y certezas que me alumbran y me salvan. De qué me salvan? Ante todo del miedo. Aprendí que el mejor salvoconducto es el valor de vivir y de ser, dentro del infinito universo. Ser ese único que hemos venido a manifestar en este escalón de nuestro aprendizaje, es decir, nuestra encarnación actual. Ser en medio de la constelación de familiares, amigos, compatriotas, compañeros de viaje en esta gran nave viviente que es nuestra tierra.
Aterricemos entonces, arremanguémonos, y metamos las manos en la masa, sin miedos, sin egoísmos aislacionistas. Quizás es mejor abrazar a un amigo que comprar una docena de barbijos y una damajuana de alcohol en gel, y un abrazo no se compra ni se vende, sanación igualitaria para todo bolsillo y muy saludable. Quizás abandonar las fuentes de nuestro alimento y alegría, como un grupo de aprendizaje, un coro, un conjunto donde hacemos buena música, sea tan peligroso como sumergirnos en un gran pozo de gérmenes, a gusto del consumidor.
Está bien, me digo, “ni muy muy ni tan tan”. Suelo irme de un extremo al otro por contrera nomás. Por reacción ante una tendencia que percibo, y que pone en alerta todos mis anticuerpos, largamente cultivados durante toda mi vida. Quizás esto que nos está pasando tiene su aspecto sanador y positivo. Quizás ayuda a romper estructuras de relación y rutinas de vida que ya no nos hacían crecer. Pero estemos atentos a encontrar en nuestros nuevos rumbos, cada uno en su lugar y a su modo, aquello que alimente su valor, su comprensión y su entusiasmo. Porque esto constituye a mi entender el mejor antídoto, la mejor vacuna, y el más efectivo repelente de cuanto virus anda suelto, de la A a la Z.
Y si nos enfermamos? Con esperanza, escuchemos los versos de Schiller: “Hermanos, sobre el mundo de los astros ha de vivir un padre bondadoso”, metáfora bella y verdadera si las hay para expresar nuestra visión de ese Ser presente y orientador de nuestro destino. Confiemos encontrar un verdadero médico, de esos que son un poco héroes y un poco sacerdotes, guerreros de la vida, que no venden su saber y su compasión en ningún mercado. De esos que aún respetan lo sagrado del ser de cada uno, y por eso podrá ayudarnos a retomar las riendas de nuestra propia salud.
Septiembre 18, 2009 a las 12:31 am |
LEÍ ESTO QUE ESCRIBISTE SENTADA EN LA GALERÍA, ME PROTEGÍA ESA HERMOSA MAGNOLIA QUE TENÉS. ME HICISTE EMOCIONAR CON LAS PALABRAS FINALES, QUERIDA MÉDICA DEL ALMA.
¡UN ABRAZO GIGANTE Y GRACIAS!
Septiembre 19, 2009 a las 10:47 pm |
Gracias amiga! por tu estímulo, por tu calidez y compañía, y por responder a lo que comparto con tanta sensibilidad. Un abrazote, y ¡nos estamos leyendo!