Limpiaba con esmero y lágrimas la gran ventana de cristal por donde iba entrando luz. Escenas de romance amoroso en todos los colores y formas imaginables:

Bellos rostros anudados en besos, manos adolescentes trazando corazones con iniciales en los cuadernos, en las paredes de la casa; allá un abrazo de comunión perfecta, expresiones de éxtasis, manos atando cartas con una cinta rosa perfumada de madreselva; no podía faltar la familia, el esposo y la esposa, alegría fresca del desayuno, niños prolijamente sentados a la mesa, casi se huele perfume a pan tostado y café. Ahora anochecer de luna llena, los amantes recostados en un grueso tronco, manos entrelazadas, sumergidos sus ojos en el brillo de la noche en el río.

Sigo limpiando, a veces llanto, a veces sonrisas de condescendencia. Las manos me duelen un poco, esta sustancia corrosiva que me dieron para empapar la esponja me lastima. Pero debo seguir antes de que se vaya nuevamente el día. No sea que me venza el sueño nuevamente y me detenga enredada, mis enamorados ojos solitarios vuelvan a caer en la tentación de sumergirme en alguna de las bellas imágenes, otra vez mi distraido corazón se encuentre bailando entusiasmado y me envuelva de nuevo alguna densa nube de romance, y mañana la luz no pueda aún alumbrar mi habitación. Sigo limpiando, a conciencia, sola y a conciencia, con decisión y a conciencia. Suena una campana a lo lejos, la vieja iglesia cantando a la oración en medio de la aldea. De pronto, una sacudida y un golpe.

“-Abue. te caíste otra vez de la cama!”  Mi nieta de cuatro años me mira preocupada. Yo suavizo mis manos mientras la abrazo, compruebo que no están lastimadas.

La luz se derrama suave en la habitación desde la ventana.